En algunas ocasiones, las preocupaciones del día a día llenan nuestra cabeza, pudiéndose convertir en pensamientos rumiativos que se repiten con frecuencia y no nos permiten estar tranquilxs. Nuestro ritmo de vida, problemas cotidianos o problemas de mayor envergadura pueden hacer que perdamos el foco y sintamos cierto nerviosismo constante.
¿EN QUÉ SE DIFERENCIAN LAS PREOCUPACIONES DE LOS PENSAMIENTOS RUMIATIVOS?
La preocupación es una “cadena de pensamientos e imágenes con carga afectiva negativa y relativamente incontrolables” (Borkovec et al., 1983, p. 10).
La rumiación es la «tendencia a perseverar en pensamientos recurrentes alrededor de un tema concreto, habitualmente relacionado con las causas e implicaciones del malestar emocional, y la dificultad de modificar esta línea de pensamiento hacia nuevos temas.» (Joormann et al., 2011; Nolen-Hoeksema, 1991, p. 569).
Normalmente tienen como objetivo tratar de mantener el control de las situaciones y reducir la incertidumbre, pero no siempre cumplen su función.

¿cómo manejar mis pensamientos para estar más calmadx?
- No confíes en todos tus pensamientos.
Los pensamientos pueden llevar consigo una carga emocional, es decir: son capaces de despertarnos sensaciones concretas. Sin embargo, por diferentes asociaciones de las que se encarga nuestro cerebro, estas sensaciones pueden no pertenecer al presente o no ser útiles en este momento, o corresponder a miedos concretos, transformando el pensamiento en algo mucho más grave.
Es decir: nuestros pensamientos van por libre y no siempre dicen la verdad. Es importante comprender que el pensamiento no siempre es la realidad y que ambos llevan caminos diferentes. Repetirte esto en un momento complejo podrá ayudarte a darles la atención que corresponda.
- Piensa en la peor de las consecuencias y en sus posibilidades de ocurrencia.
Como comentábamos previamente, el miedo puede teñir nuestros pensamientos, llevándonos a imaginar situaciones con muy pocas probabilidades de ocurrencia que se hacen tan reales que pueden llegar a bloquearnos.
Por esto, piensa por un momento: ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿cómo de probable es ese hecho? ¿qué consecuencias tendría para mi vida que sucediera? ¿cómo podría resolverlo?
- Piensa en la utilidad de tu pensamiento.
Siguiendo en la línea de las dos herramientas anteriores, nuestros pensamientos no siempre nos informan de la realidad y además, en muchas ocasiones, van cargados de aprendizajes y miedos, por lo que, si no es suficiente con imaginar la peor de las consecuencias y con cuestionar su realidad, podemos pasar a preguntarnos sobre la utilidad de los mismos:
¿Este pensamiento me está sirviendo de algo en la actualidad? ¿puedo hacer algo ahora para resolver este problema? ¿pensarlo de forma repetitiva me ayudará a encontrar una solución de forma inminente? Así, podrás convencerte de la poca utilidad de la situación y, al menos, reducir la frecuencia de estos pensamientos.

- Practica meditación y/u otras actividades:
Cuando hablamos de meditación, la mayoría de personas imaginan la mente en blanco y una sensación de calma genérica y profunda, por lo que no se sienten capaces de alcanzarlo. Sin embargo, podemos empezar por aprender a convivir con una gran cantidad de pensamientos sin temerlos ni movilizarnos por ellos.
Puedes practicar meditación algunas veces a la semana y observar las consecuencias de la misma sobre tu mundo mental. Otras actividades pueden ayudarte a lo mismo, siempre y cuando cumplan la siguiente función: permitirte convivir con tus pensamientos sin temerlos ni responder a ellos de forma automática.
En función del tipo de pensamiento que te esté afectando y del análisis en profundidad de tu caso, unx profesional de la salud mental podrá ayudarte a desarrollar algunas habilidades u otras comprendiendo la base y el mantenimiento del problema.
